Ganan Arantxa y María

Hoy no juego al tenis.  Quiero hacer unos cuantos recados.  Comprar un boomerang y unas camisetas y aprovechar el penúltimo día de tenis en Melbourne Park.  Por la mañana la australiana Jessica Moore juega la final de juniors contra Arantxa Rus.   La holandesa, después de ganar a Madison Brengle en octavos con muchos apuros, ha pasado todas las demás rondas sin demasiados problemas.  No han querido jugar en la Rod Laver porque les ha parecido que impresiona demasiado y han preferido jugar en la Margaret Court. 

Me bajo hasta la primera fila y al poco una señora gorda con una bandera australiana se sienta a mi lado.  Los australianos han metido a diecisiete juniors locales entre las sesenta y cuatro participantes del cuadro femenino. Ya veremos si así consiguen ganar algo.  Las chicas se enzarzan en un partido peleado desde el fondo.  Pero enseguida se ve que Arantxa va a ganar.  Saca demasiado bien y le pega a la bola muy con golpes muy profundos y muy duros que la otra no puede aguantar.  Eso sí subir a la red, no sube jamás.  Cuando la australiana se deja una bola a media pista, la pega y, en vez de seguir hacia delante, vuelve a toda velocidad hacia el fondo.  Su entrenador no debe de haberse leído este blog.  La holandesa termina ganando 6-3 y 6-4.

Después de la entrega de trofeos me meto en la pista de al lado a ver jugar a los minusválidos.  Además de los cuadros de individuales y dobles masculinos y femeninos seniors y juniors y de dobles mixtos, en el Open de Australia hay seis cuadros para jugadores en sillas de ruedas.  Pueden ser manuales o automáticas.  Se juega en las mismas pistas y con las mismas reglas, con una sola excepción:  la pelota puede botar dos veces.  La mayoría juega con unas sillas especiales con las ruedas inclinadas para reducir el radio de giro.  Y lo hacen admirablemente bien.  Por la tarde me encuentro a dos de ellos tomandose unas cervezas y bromeando con unas chicas en el Bar de Heineken con los demás.   Sonrientes, sin complejos y con una actitud y un espíritu envidiables.  Olé y olé. 

         A la una y media empieza la final del glamour.  Ivanovic contra Sharapova.  Las tenistas estrella.  Una vestida de blanco y la otra vestida de azul.  Hace calor.  Las dos están nerviosas y el partido no es muy bueno.  A Ivanovic le tiembla el brazo cuando está a  dos puntos de llevarse el primer set.  Termina ganandolo Sharapova por 7-5.  Unos gritan “Vamos, Ana” y otros contestan “Vamos, María”.  Sólo nos falta que alguien diga  “Vamos, José”.  El partido es aburrido.  Siguen fallando mucho.  No veo ninguna razón –gazmoñería y corrección políticas a parte– que justifique que las mujeres tenistas cobren lo mismo que los hombres.  Es evidente que juegan mucho menos y mucho peor.    Cuando van 2-1 en el segundo set y una rotura de  servicio a favor de Sharapova, me marcho al hotel.  Enciendo el aire acondicionado y me sigo aburriendo.  Pero no paso calor.

         Por la noche me voy a cenar a los Docklands, un complejo de restaurantes y casinos junto a la orilla sur del río Yarra.  Hay mucha gente en la calle.  Es sábado.  Hace calor. Hoy es el Día de Australia y lo celebran con un bonito espectáculo de fuegos artificiales.  Vuelvo al hotel pedaleando por la orilla del río y esquivando a la gente como puedo.  Cuando llego a la altura del Estadio de Cricket, me sorprende oir cantar a Sting.  Al poco recuerdo haber leído en el periódico que esta noche tocaban los Police. 


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