Por Fin Juego Yo

Se llama Rick.  Tiene cincuenta y seis años, la cara roja y el pelo y el bigote blancos. Y unos ojos azul turquesa como para quedarse un buen rato mirándolos.  Da clases de tenis y regenta un club con cinco pistas de moqueta verde. Y le he contratado para que sea mi profesor de tenis australiano.  Porque ver tanto tenis sin jugar no tiene gracia.  Porque para eso me he traído las zapatillas y la raqueta.  Y porque las clases de tenis son muy importantes, como diría Angel.  Voy a dar ocho clases de una hora y además puedo usar las pistas siempre que quiera.  Todo por el módico precio de trescientos cincuenta europeos de nada. Las pistas están en Powlett Reserve –un parquecito con columpios, eucaliptos y mucha yerba a cuatro manzanas del hotel.

Apalabré la clase el día anterior y habíamos quedado a las nueve.  Me desperté pronto.  Supongo que porque todavía tengo el horario un poco desbaratado por las diez horas de diferencia.  Me hice los dos litros de té reglamentarios en la tetera que tengo en la habitación. Estuve escribiendo durante una hora larga y luego bajé a desayunar.  Más té.  Un zumo de manzana.  Una tostada con tropezones de fruta escarchada y untada de mermelada de naranja. Y un huevo escalfado con baked beans.  Las alubias las pongo yo.  Las saco de unas latas de raciones individuales de Heinz que encontré en el supermercado.  M¡entras desayuno, leo la sección de deportes del periódico.  Las reseñas del cricket me las salto, claro.  Y leo sobre todo los comentarios de los partidos de tenis del día anterior, y una columna interesante y simpática que escribe Ana Ivanovic. 

         Rick se mueve más bien poco y no me aguanta la bola si le juego fuerte con la derecha. Pero se ha pasado la vida dando clases de tenis.  Me contesta con todo detalle a todo lo que le pregunto. Y como lo que quiero es aprender de una vez a sacar, a volear, y a cortar el revés en condiciones, con él tengo de sobra.  Además los dos profesores jóvenes están más ocupados y me dan pereza.  Y como Rick es un parlanchín encantador, nos pasamos la clase bromeando.  Me ha cambiado la empuñadura para el saque y sorprendentemente he mejorado bastante.  Quizás porque quedamos medio en broma en que si no aprendo a sacar, me devuelve el dinero.  Como el tipo no me minutea la clase, entre unas cosas y otras terminamos a las once.  Hacía calor y se me ocurrió que prefería irme a nadar y dejar el Open para más tarde.

Esta vez me fui a la Piscina de Fitzroy.  Una maravilla con diez calles de cincuenta metros.  Por 2.5€ nadas al aire libre con dos personas más como mucho en la misma calle.  Docenas de largos felices concentrado en nadar adelantado, con la mano paciente, y respirando sin levantar ni siquiera un poco la cabeza.

Por la tarde volví al Open.  Había quedado con Rick en el Bar de Heineken.  Me presentó a sus colegas australianos.  Casi todos entrenadores de tenis o jugadores retirados.  Estaba lleno de gente.  Sobre un estrado una banda tocaba ritmos azules.  De vez en cuando mirábamos un punto en la pantalla gigante. Y se nos pasó la tarde contandonos mentiras y poniéndonos perdidos de cerveza.  ¿Cómo mejor?



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