¡Hola a todos!

¡Buenas noches! Estoy en Minneapolis. Llegué hace cuatro o cinco días. Todavía me estoy adaptando a la vida y a los horarios en esta ciudad que me resulta tan confusamente familiar. Mi confusión se debe a la extraña manera que tienen de mezclarse mis recuerdos de los cinco años que viví aquí y los cuatro años de visitas con los casi quince años de olvidos que vinieron después.

La primera vez que sentí esa sensación fue en el taxi que me llevaba desde el aeropuerto a la casa de José Víctor. Intentaba recordar los cruces de la autopista y predecir los desvíos. Estaba cansado con esa combinación demoledora que dan las muchas horas de viaje y las pocas horas de sueño, pero acerté muchas menos veces de las que me hubiera gustado. Quince años han bastado para difuminar mi mapa mental de una ciudad que conocí como a la palma de mi mano hasta hacerlo prácticamente inservible.

En estos cuatro o cinco días mis recuerdos se han ido concretando y hoy por primera vez he sido capaz de volver a casa desde el Banco en bicicleta sin perderme.


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